Las tierras de Chihuahua, en constante alarma

La gente no mira, no habla, no escucha y se escabulle

Por Norma Jurado Campusano y Víctor Durante Álvarez

Muchas de las comunidades del estado de Chihuahua se encuentran en condiciones de alarma. La violencia, en sus diferentes manifestaciones, azota a la región, asola con poblados de la Sierra Tarahumara y no escapan los pueblos rurales y los aledaños a la capital de la entidad.

La inseguridad social es una constante, ya que los grupos criminales no descansan y día a día mueren personas vinculadas con la distribución y el trasiego de estupefacientes, pero también quienes por avatares del destino se encontraban en el lugar equivocado, a lo que el gobierno ha denominado “daños colaterales”.

Mientras que la acción del crimen organizado, en sus diferentes ramas, opera en las diversas poblaciones libremente y atemorizando a los gente, las fuerzas del orden son menores en número y armamento para hacer frente a las más diversas acciones que se cometen en nombre de la reorganización o la disputa de territorios o las rutas para el traslado de los estupefacientes.

El temor y el miedo están a flor de piel entre lo ciudadanía de bien. Las sirenas de las ambulancias y de las corporaciones policiacas propician que, en un afán de pasar inadvertidos, los pobladores se escuden en el silencio, no voltear, no ver, no escuchar o de lo contrario se puede incomodar a los criminales. La población ya está silenciada, no hablará, si lo hace, de antemano sabe a los que se expone.

Cuando sucede un crimen, la gente corre, se esconde, no vio nada, no escuchó y se aleja de la escena lo más rápido posible, no participa por los miedos que recorren las ciudades, las rancherías, las calles, las colonias, cualquier lugar en donde opera el crimen.

En tres o cuatro municipios el terror avanzó tanto, al grado de que los pobladores se vieron en la necesidad de desplazarse a otros lugares, implicando no sólo el abandono de sus hogares, sus trabajos, parte de su identidad o de las pocas o muchas propiedades.

Las marcas de los criminales se observan en las viviendas destruidas, quemas, las huellas de los vándalos con impactos de bala de grueso calibre; esas que ni el Ejército en México tiene en su haber. En fin: las calles desoladas, las tiendas deterioradas, el miedo a saludar a personas ajenas a las comunidades o a sus propios vecinos.

La falta de fuentes de empleo, la pobreza de muchas comunidades y los jóvenes que no encuentran fuentes de trabajo, se constituyen en un ejército a merced del crimen organizado, pues tienen registros de niños y niñas que desde los 12 años son reclutados por dichos grupos delincuenciales, para realizar tareas vinculadas con la distribución, mulas, crímenes, trasiego, entre otros, y por ende mal pagados.

Otro punto son las desapariciones de mujeres, jóvenes o personas mayores de quienes no se sabe absolutamente nada y las familias se afanan en su búsqueda sin encontrar el respaldo de las autoridades, así como cientos de personas que han perdido la vida y son depositados en fosas comunes al no ser reclamados.

Las policías están cooptadas en su totalidad por el crimen organizado y muchos elementos han decidido desertar de las filas ante el terror y los horrores que prevalecen en las corporaciones policiacas, cuando se niegan a cooperar con los delincuentes.

Las tierras fértiles de Chihuahua se encuentran, pues, en manos de criminales que se han encargado de sembrar el terror y el miedo que viven los habitantes.

Un estado grande, fértil, de gente trabajadora está en manos de delincuentes y en tensión por los miedos que recorren las calles.

Aún no se borran de la mente las palabras del ex gobernador César Duarte, quien pedía respeto a los chihuahuenses para que dejaran de criticar la inseguridad en la entidad, ya que se politiza, y EU lanza otra alerta a sus ciudadanos para que no viajen a Chihuahua debido que es inseguro, cuando la inseguridad estaba (está) en el propio Duarte.

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